Necia con Atitlán

Lago-de-Atitlán
Dicen que no puedo opinar con el corazón sobre Atitlán. Antes debería entrevistar a técnicos, científicos y expertos en energía geotérmica. Quizá debería esperar los estudios de impacto ambiental antes de pegar el grito en el cielo y amenazar con una ridícula huelga de hambre basada en mi cursi sentimiento de amor por un lago, que además de bello es fuente de riqueza para el país. Pero resulta que no me interesa hablar con el lenguaje de los adultos. Quizá soy una “quedada”, a quien le impactó demasiado leer El Principito y que piensa que algo tan impalpable como la magia de un lago es argumento para protegerlo. Ya debería saber que en este mundo lo que importa son los números, las cifras, los datos concretos y comprobables. Debí referirme a los millones de quetzales que el turismo en Atitlán deja al erario público o mencionar lo que significa en términos legales “reserva natural”. Quizá debería hablar de a cuánto se cotizan los bonos de carbono en el mercado internacional, mencionar el precio en dólares de la biodiversidad o tal vez calcular el costo en salud que se gasta de nuestros impuestos en enfermedades relacionadas con el agua contaminada que consumen los habitantes de Atitlán. Tal vez, y sólo tal vez así , aquellos que aman la cifras y el lenguaje técnico me entiendan. Quizá así se preocupen por una de las pocas cosas que aún nos enorgullecen como guatemaltecos. Pero, esta es solo una columna de opinión, en donde suelo poner más el corazón que la razón. Y mi corazón generalmente, no sabe de números.
Fuente: Las Otras Luchas
Autora: Lucía Escobar


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