La tienda de los hippies


Para empezar a trabajar en su curriculum, mi hija mayor trabajó de voluntaria por un par de meses en una tiendecita llamada El Rincón de la Paz. Es una pequeña tienda hippie que opera desde en un sótano y allí puede uno encontrar incienso, imanes, cuarzos de colores y libros de corte metafísico, entre otro montón de chunches. Es el centro de operaciones de la pequeña población hippie de la ciudad. Aquí se hacen las pancartas de protesta contra la guerra en Irak, que luego usan en los desfiles o en las esquinas para que uno toque la bocina si quiere paz. Todo en buena onda, kumbayá para todos.

Un día mi esposo y yo la fuimos a visitar mientras trabajaba. Y cuál sería nuestra sorpresa al ser recibidos por el resto del staff con miradas heladas y desconfiadas. Mi pobre hija estaba de lo más incómoda. Nos quedamos un ratito y nos fuimos. Fue tan extraño. No era como si hubieramos ido vestidos de ejecutivos o algo así. Era domingo, íbamos en jeans y sandalias, pero era obvio que no éramos como ellos. Eramos DISTINTOS.

Tanto hablar de paz y hermandad para luego ser tan excluyentes. Claro que este solo es un ejemplo de muchos y no estoy hablando siquiera de hipocresía. Es difícil ser consecuente y actuar según nuestras convicciones.

Hace menos de 4 mil años Hammurabi escribió uno de los primeros códigos de ley de la humanidad. Aquí fue donde apareció lo de “ojo por ojo, diente por diente.” Por primera vez quedaba codificado que cada crimen o delito tendría un castigo correspondiente. Algunos son tremendos: si un médico opera a un paciente y éste muere, se cortará la mano del médico. Para nuestros estándares modernos esto sería impensable, pero para esos tiempos fue un gran avance, ya que lo normal era declarar guerras por lo que fuera, a veces por pequeñas ofensas, a un precio humano enorme.

Poco a poco empiezan a aparecer códigos de conducta. Tienen que pasar varios siglos para pasar de la barbarie del Levítico a las palabras de Jesús: no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a tí; con la misma vara que juzgues serás juzgado; el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, etc.

Lástima que estas instrucciones han sido tan difíciles de seguir. Es más, si pudiéramos concentrarnos en éstas tres, qué distinto sería todo. Pero seguimos atrapados en tiempos del Levítico y Hammurabi o peor, las cavernas.

Nada de esto es de extrañar. Los avances de la neurociencia explican cómo nuestras acciones son respuesta a nuestros más primitivos instintos, donde las opciones eran comer o ser comido. Es normal reaccionar sin pensar; es lo que nos permitió sobrevivir como especie. Por eso mismo es que también es más seguro ser parte de una tribu de semejantes. Necesitamos convivir con otros a quienes somos útiles y nos defiendan cuando estamos en peligro.

Todo iba bien hasta que empezamos a hacer grupos cada vez más grandes; aldeas, pueblos, ciudades, naciones. Nuestra herencia biológica ahora se interpone ante nuestra necesidad de convivir pacíficamente. Va contra nuestros instintos negociar. Biológicamente estamos hechos para pelear por nuestra tribu y desconfiar de quien sea o piense diferente. Sentimos que nuestra vida misma corre peligro si cedemos. El odio y el miedo no son más que la expresión de nuestro instinto de preservación.

El problema es que en el mundo globalizado y diverso de hoy, donde por fuerza tenemos que tratar con personas con culturas e ideas diferentes, ese instinto tribal y reaccionario ha resultado catastrófico. Si queremos realmente vivir en paz, tenemos urgentemente que aprender a resolver nuestras diferencias hablando. El instinto de preservación está para quedarse, por eso cuando debatimos se nos acelera el pulso. Pero tenemos que aprender a ignorar ese primer instinto y pensar.

Pensar, cuestionar, analizar. Eso es algo que solo los humanos sabemos hacer, pero nos cuesta. Estas habilidades están localizadas en la parte más nueva de nuestro cerebro y obviamente no hemos aprendido a usarla muy bien todavía. Pero es vital que lo hagamos.

Tenemos que empezar por entender que “el otro” también tiene miedo, que “el otro” no necesariamente quiere hacernos daño, sino talvez solo defiende lo suyo. Pero esto es aprendido. No tenemos un área neuronal de empatía. Si así fuera talvez no habríamos vivido para contarla.

Debemos aprender a cuestionar todo, especialmente a nosotros mismos: Es ésto lo que realmente creo? Cuál es el punto de la otra persona? Por qué piensa de esa manera? Talvez yo estoy equivocado. Nadie dice que sea fácil. Es un esfuerzo diario contra nuestra propia naturaleza.

Yo entendí a los hippies de la tienda. Sé que tienen la mejor de las intenciones. Pero su instinto de preservación saltó a defender algo que no estaba en peligro. El Rincón de la Paz no sabe que todavía le falta trabajar en su kumbayá.

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